
Me gustaba jugar. Cuando era un niño el juego me arrebataba. Siempre estaba inventando algún juego que luego compartía con mis hermanas, o no.
Muchas veces el juego me parecía tan bueno que solo lo quería para mí.
Yo era de los de juegos intensos, concentrados, que sucedían en pequeños espacios con pequeñas cosas. En ocasiones cuatro palitos, dos piedras, una cuerda una lata de sardinas y un par de maltrechos soldados de plástico bastaban para construir una película en mi imaginación, entonces estaba en la gloria, o mejor dicho en el limbo, alejado del ruido externo, concentrado en compartir las vivencias con esos personajes de plástico que tanto les gustaba jugar conmigo.
Supongo, al menos eso dicen, que no era un niño normal. Mis ensimismamientos conseguían que yo viera y sintiera donde otros no encontraban absolutamente nada.
Recuerdo que me gustaban los días de nubes blancas recortadas sobre cielos de azul intenso. Recuerdo, también, que me preocupaba mucho el hecho de que cuando veía un conejo, una barca o cualquier figura reconocible entre las nubes, desaparecieran rápidamente y no pudiera compartir mis hallazgos con nadie. No entendía por qué esas maravillas eran tan efímeras.
Con el tiempo maduré y la mirada se dirigió hacia otros lugares. Los juegos pasaron a ser otros, de adultos, más perversos y contaminados. Pero seguía ensimismándome con las paradojas y las metáforas de lo cotidiano.
El juego, mi juego, seguía estando vivo, pero tardé años en darme cuenta que las tartas de cumpleaños de mis hijos estaban decoradas con la espuma de las olas y no por filigranas de nata. Fue entonces cuando empecé a creer en mí mismo y comencé a dejarme llevar, sin complejos ni ataduras, por lo que yo veía, o mejor dicho, sentía. Porque las cosas son como uno las siente.
Entonces es cuando sucede que el mundo se hace tuyo y ya las cosas no pueden ser como antes. A mí todo me parece una aventura apasionante que me hace sentirme vivo en todo momento y por eso estoy tan agradecido a aquellos soldados de plástico, a todo lo que me dieron.
Me dejaron un mundo de imaginación para poder caminar por el borde del abismo, sintiendo el vértigo de lo desconocido, creando otros mundos, mis mundos, de la emoción. Me gusta ahora de adulto jugar con las ideas, los conceptos, las normas, las ortodoxias, los símbolos y los mitos. Me interesa la trasgresión como vehículo de cambio, de búsqueda y, por tanto, de encuentros y certezas.
Las aguas tranquilas, los remansos, me aburren. Me interesa la apuesta de vivir tu propia vida. Es lo mas decente que podemos hacer los artistas: Vivir plenamente nuestra propia vida. Nada es lo que parece. Todo es lo que uno ve.
Ciuco Gutierrez